Cuento sobre ternura y armonía en el mar de Puerto Rico

En la Bahía de Jobos, donde el agua es tranquila y los mangles abrazan la costa, vivía Nino, un joven manatí con barriga redonda y corazón curioso.

Le encantaba dormir bajo el sol, flotando como una hoja.
Y al caer la tarde, jugaba con las burbujas que su nariz creaba.

El canto de mamá

Cada noche, su mamá le cantaba un arrullo suave.
Un canto de olas y estrellas.

—Este mar es nuestro hogar —le decía—, pero también lo es de muchos otros.

Nino escuchaba con los ojos entrecerrados, sintiendo que cada nota lo envolvía como un abrazo de agua tibia.

Explorar sin miedo

Un día, Nino decidió nadar un poco más lejos.
No por desobedecer… sino por descubrir.

Vio peces con rayas, corales que parecían flores y una tortuga dormida en la arena.
Todo era nuevo.
Todo era hermoso.

Un encuentro brillante

De pronto, una luz descendió del cielo.
Era una lancha, pero esta no hacía ruido.

De ella bajaron unos buzos con trajes de colores y manos abiertas.
No traían redes ni trampas, solo cámaras y cuadernos.

Uno de ellos saludó a Nino con la mano.
El manatí, curioso, nadó en círculos.

—¡Hola, amiguito! —dijo el buzo, aunque Nino solo entendía el lenguaje del mar.

El regreso a casa

Después de un rato, Nino sintió que era momento de volver.
La bahía lo esperaba.

Su mamá lo recibió con un roce de hocico, como diciendo:
—Qué bueno que regresaste, mi explorador.

Esa noche, el canto fue distinto.
Más alegre, más profundo.

Epílogo

Dicen que los manatíes guardan en su memoria los caminos del agua y las voces que no hacen daño.

¿Qué aventura suave está esperando que la vivas… sin prisa?