Cuento sobre orientación y esperanza en el bosque puertorriqueño

En una mañana nublada en las montañas de Adjuntas, una niña llamada Lía se adentró en el bosque buscando flores para su abuela enferma.

Con una cesta en mano y el corazón lleno de ternura, siguió un rastro de petalos rosados sin notar que se alejaba del camino.
La neblina descendió…
el silencio creció…
y de pronto, ya no sabía volver.

La voz del bosque

Justo cuando las lágrimas querían salir, Lía escuchó un canto agudo y rítmico:

—“Chiví-chiví-chiví…”

Era un Julián Chiví, un pajarito gris con alas activas y mirada despierta.
Saltaba de rama en rama, cantando siempre igual.
Y sin saber por qué… Lía lo siguió.

Una melodía con propósito

El ave no volaba lejos.
Iba delante de ella, esperándola con cada nota.

—“¿Me estás guiando?” —preguntó Lía, con voz temblorosa.
El Julián Chiví respondió con más canto.

Así caminaron juntos por senderos ocultos, cruzando raíces y helechos, hasta que al fin…
el claro del bosque apareció.
Y al fondo: su casa.

El último canto

Lía corrió hacia su abuela, riendo.
Cuando volteó para agradecer, el Julián Chiví ya no estaba.
Solo quedaba su eco:
“Chiví… chiví…”

Desde ese día, cada vez que el bosque canta, Lía escucha más que un pájaro:
escucha esperanza.

Epílogo

Dicen que algunas aves no solo cantan por alegría…
sino para mostrarte el camino que olvidaste.

¿Qué canto necesitas escuchar hoy… para volver a ti mismo?