Cuento sobre los ríos y el ciclo de vida en Puerto Rico
En lo más profundo del río Grande de Loíza, donde las piedras están cubiertas de musgo y las corrientes cantan canciones antiguas, nacieron cientos de pequeñas criaturas llamadas cetí.
Minúsculos.
Plateados.
Frágiles como cristal…
pero con un destino poderoso:
llegar al mar y regresar.
Un viaje invisible
Ningún humano los notaba.
Solo los garzones y los manatíes sabían de su existencia.
Pero cada luna llena, una caravana de miles comenzaba a moverse río abajo.
—“¿Y si no regresamos?” —preguntaban los más pequeños.
—“Entonces no sabrán que existimos” —decían los más sabios.
Las luces del manglar
Cuando llegaron a la desembocadura, donde el río se abraza con el mar, la noche estaba encendida con luciérnagas y estrellas.
Allí, bajo los mangles, se despidieron.
El mar los tragó como una nana de agua salada.
Y el río…
se quedó en silencio.
El regreso inesperado
Meses después, cuando el río ya había olvidado sus nombres, una nueva caravana apareció.
Eran ellos.
Más grandes.
Más fuertes.
Más sabios.
Y al verlos, los peces del río aplaudieron con sus aletas.
Porque entendieron que la vida verdadera es un viaje que regresa.
Epílogo
Dicen que todo lo que se va con amor, vuelve con propósito.
¿Qué parte de ti está haciendo su caravana silenciosa… esperando volver más fuerte?
