Cuento sobre el colibrí puertorriqueño

En un jardín escondido en las montañas de Orocovis, donde las flores bailan con el viento y los días empiezan con rocío, vivía el ave más pequeña del bosque:
el zumbador verde.

Pequeño, rápido, casi invisible.
Pero si el sol le pegaba justo…
su cuerpo brillaba como esmeralda.

Un colibrí entre dos tiempos

Don Efraín, un abuelo jardinero, le hablaba al zumbador como a un viejo amigo.

—Tú eres el mensajero, ¿verdad?
—Tú sabes cuándo alguien se va… o regresa.

Cada vez que alguien de la familia se enfermaba o partía, el colibrí aparecía.
Revoloteaba cerca del balcón, como diciendo algo sin palabras.

La niña que no podía hablar

Lía, la nieta de Don Efraín, no hablaba desde que su mamá se había ido al cielo.
Guardaba las palabras como piedritas en los bolsillos.
Pero un día, mientras regaba el jardín con su abuelo, el zumbador se posó en su dedo.

Lía lo miró.
Y por primera vez en años, sus labios se abrieron:

—Hola.

Un aleteo de milagro

Desde entonces, cada vez que Lía veía un zumbador, hablaba un poquito más.
Y cada vez que lo hacía, su abuelo decía:

—Ese pajarito te está enseñando a volar desde adentro.

Epílogo

Dicen que el zumbador verde solo se deja ver cuando el corazón está listo para escuchar.

¿Qué mensaje invisible te está buscando… justo ahora?