Resiliencia costera en Puerto Rico
En una playa solitaria de Cabo Rojo, donde el sol pinta la arena de oro y las olas escriben secretos, vivía un pequeño cangrejo violinista.
Le decían Manolito.
Tenía una pinza gigante, como todos los de su especie.
Pero a diferencia de los demás, él había nacido con una sola pinza.
El que no se rendía
Manolito era el más pequeño de su grupo.
Corría más lento.
Y cada vez que salía de su hueco, las gaviotas lo veían como blanco fácil.
Pero él no se escondía.
Agarraba su pinza grande y la alzaba como si fuera un escudo.
—“¡Esta es mi playa también!” —decía sin palabras.
El reto de la marea
Un día, una marejada fuerte arrastró arena y algas, destruyendo muchas madrigueras.
Los demás cangrejos corrieron a buscar refugio.
Pero Manolito no.
Él se quedó en la orilla, con su pinza en alto, tratando de salvar el pequeño coral donde se escondían los más jóvenes.
Cuando la marea bajó, todos lo miraban con respeto.
—“¿Cómo no te fuiste?” —le preguntaron.
—“Porque este lugar también me cuida a mí.”
La fuerza de una sola pinza
Con el tiempo, Manolito no solo fue más fuerte.
Su cuerpo, aunque diferente, se volvió el más admirado.
No por ser el más duro…
sino por todo lo que había protegido.
El ritmo de la lucha
Dicen que los cangrejos violinistas que resisten las tormentas tocan más fuerte… porque conocen el ritmo de la lucha.
¿Cuál es tu armadura? ¿Y a quién estás protegiendo sin darte cuenta?
