VUELO ENTRE CAFETOS
En lo alto de las montañas de Adjuntas, cuando el rocío aún duerme sobre las hojas, el cafetal despierta con un murmullo dorado: el zumbido de las abejas.
Entre todas, brillaba una con alas cortas y vuelo seguro.
Se llamaba Ámbar, no por su tamaño, sino por la luz cálida que dejaba en el aire.
EL TRABAJO INVISIBLE
Mientras el mundo dormía, Ámbar y sus hermanas obreras recorrían flor por flor, llevando el polen de un cafeto a otro.
Nadie las veía.
Nadie les daba las gracias.
Pero gracias a ellas, el café brotaba cada temporada con el mismo sabor a historia y esperanza.
A Ámbar no le importaba el reconocimiento.
Le importaba que la tierra siguiera viva.
Que cada grano guardara un secreto.
Y que el bosque la sintiera presente.
UN AÑO DIFÍCIL
Ese año, las flores llegaron tarde.
Hubo menos lluvia.
Mucho calor.
Y muchas máquinas.
Ámbar notó que los pesticidas habían debilitado parte de su colmena.
Pero en vez de huir, decidió quedarse.
Voló más lejos, más alto, más fuerte.
Encontró flores de café en el borde del río, donde casi nadie miraba.
Y llevó el polen a casa.
LA COSECHA DE SU ESFUERZO
Meses después, el caficultor recogió los granos.
El aroma era distinto.
Más profundo.
Más dulce.
Nadie supo por qué.
Solo el viento murmuraba:
“Fue Ámbar, la del zumbido valiente.”
EL ZUMBIDO QUE QUEDA
Cuentan que, en las montañas de Borikén, el café más dulce guarda un secreto que no se tuesta ni se muele.
Es el eco de un vuelo incansable, el trabajo de un ala pequeña que sostuvo un bosque entero.
Algunas huellas no se ven, pero se sienten en cada sorbo, en cada aroma que despierta recuerdos.
Y a veces, la gratitud del bosque se posa suavemente sobre tu taza.
¿Qué huellas invisibles estás dejando tú para que otro pueda florecer?
