Cuento sobre una especie extinta en Puerto Rico
En las cuevas profundas de Arecibo, donde el silencio es tan denso que se puede escuchar el corazón de la piedra, algo se movió.
Era una sombra suave.
Un destello entre estalactitas.
Un murciélago.
Pero no cualquiera.
Era el Noctilio leporinus, el murciélago pescador que muchos creían perdido para siempre.
El vuelo de regreso
Durante décadas, no se vio ni uno.
Había fotos viejas, dibujos en libros, y muchas historias.
Se decía que cazaba en los ríos volando bajo, que usaba sus garras como anzuelos.
Que era veloz.
Silencioso.
Y brillante bajo la luna.
Pero nadie lo había visto desde hacía mucho… hasta esa noche.
La niña que soñaba con cielos oscuros
Valeria vivía cerca del karso, en una casa rodeada de árboles altos.
Le encantaban los murciélagos.
Sabía sus nombres, sus hábitos, sus sonidos.
Cada noche salía con su linterna roja a ver si alguno aparecía.
Una noche sin luna, vio una figura sobre el río.
Grande.
Rápida.
Reflejaba luz en el agua.
—¡Ese no es como los otros! —gritó.
Corrió a su casa, buscó un cuaderno y dibujó lo que había visto.
Se parecía demasiado a ese murciélago del que hablaban en los cuentos de su abuelo.
¿Un espejismo o una esperanza?
Los científicos aún no lo han confirmado.
Pero desde esa noche, muchos han reportado sombras extrañas cerca del agua.
Valeria sigue mirando al cielo.
Y en su cuaderno, escribe un solo título:
“Él volvió.”
Epílogo
Dicen que algunas especies solo regresan cuando alguien sueña lo suficiente con su vuelo.
¿Qué cosas del pasado estarían listas para volver… si tan solo las miráramos con más fe?
